El de ayer será recordado como otro día en que mapuches y religiosos compartieron sus ritos en un escenario. Unos con ramas de árboles y cantos en su lengua nativa. Otros con sus rezos y salmos. Los dos, con sus atuendos típicos, su cultura, su tradición. Fue el día en que el “Peñi” Ceferino Namuncurá fue inscripto en el libro de los beatos y su imagen se impuso, inmensa, ante los ojos de miles de fieles. La instancia histórica en que los mapuches tuvieron un lugar “vip” frente a tanto “huinca”. No fue un choque, sino un encuentro cultural.“Lo vivimos con mucha emoción y alegría porque hoy se junta el pueblo mapuche con los católicos. Estamos felices de que Ceferino sea reconocido porque es un orgullo para nuestro pueblo”, dijo Juan Carlos Namuncurá, hijo de un hermano del indiecito patagónico, mientras agitaba enérgico la bandera de la cosmovisión del pueblo mapuche.
Juan Carlos pertenece a la familia Namuncurá que vive en paraje San Ignacio, a 60 kilómetros de Junín de los Andes. Ciento cuarenta personas que ayer antes del amanecer, antes de la celebración de beatificación, saludaron al rey sol con una rogativa que precalentó el ánimo festivo del pueblo de Chimpay.
En la ceremonia propia del pueblo originario patagónico, que se realizó en el anfiteatro de una de las escuelas más antiguas de la ciudad (la 358), los Namuncurá pidieron por la buenaventura de “todos los hermanos” y para que los restos de Ceferino descansen en la comunidad de San Ignacio. En lo más alto del Cerro de la Cruz.
Tanto en la rogativa como en el acto montado en el Parque Ceferiniano, los descendientes del indio Ceferino se fueron conociendo por fin las caras. Es que, además de los Namuncurá argentinos, estaban los chilenos, dos familias numerosas que a pesar de no conocerse comparten la fuerza para defender su sangre.
“Yo soy Manuel Namuncurá Rodríguez, familiar directo de Ceferino”, repetía un hombre ante los medios, documento de identidad en la mano, como para que no quedaran dudas de su origen. “Somos hijos de una de las cinco esposas del papá de Ceferino”, contaba el señor, que llegó al sector vip junto a otros cuarenta mapuches de la zona de Cañete, Chile.
Allí se impusieron algunas postales que quedarán grabadas en la memoria de los mapuches para siempre: las palabras en mapugudum del lonco Pedro Segundo Millaín sobre el imponente escenario, el abrazo de los hermanos Hermelinda y Aparicio, con Narciso Bertone y el obispo Laxagüe, el grito de “¡Mari, Mari!”, la bendición que recibieron los cardenales, sacerdotes y enviados de Roma de mano de los loncos mapuches. Sin dudas, un encuentro feliz entre dos culturas.
Fuente: Rio Negro online

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